The Fall: La Venganza de Dana Scully

Poster de la serie inglesa The Fall

Asesinos y psicópatas, en la ficción, y parece que también en esta vida nuestra, tienen que ser hombres. Varones. Seres humanos llevados por obsesiones y pulsiones, a los que les hace bien, muy bien, asesinar señoritas y a veces, por error, o quizá en un mal paso obligado de camino a su propia perfección, algún señor.

Google, por ejemplo, entrega recién a sus primeras psicópatas en el número 13 de la búsqueda. Y su ranking número siete, hecho por un sitio español, tiene a cuatro asesinas entre 21 opciones, pero dos ellas son compañeras de fechorías a dúo con un criminal de sexo masculino. Nombres de hombres, a cambio, hay por docenas: Rodney Alcala; el chino Yang Xinhai; Charles Manson, quien le quitó su amor a Roman Polansky; Albert Fish y, cómo no, el Destripador.

En The Fall, como en tanta literatura y en la vida real, el malo también es hombre. Un hombre guapo, frío, oscuro, atlético e inteligente de Belfast (Irlanda del Norte), que dedica el tiempo que tiene, y el que no también, a planificar con grandes dosis de sentido estético y al parecer mucha rabia contenida la muerte de mujeres jóvenes, morenas y exitosas. La gracia de The Fall es que la némesis del mal, quien lucha contra el tiempo y la escasez de recursos para desenmascarar a tan brillante y brutal asesino, es una mujer: la detective superintendente Stella Gibson.

Si alguien alguna vez vio Los archivos secretos X y apagó la tele al segundo, abrumado por el horror de ver en acción a la pareja protagónica, es probable que se sienta tentado de tirar The Fall de inmediato por el excusado: Stella Gibson y Dana Scully son la misma actriz, la estadounidense Gillian Anderson. Pero no debe. Esta vez la ex agente Scully, en su impasibilidad de esfinge, es una diosa vestida de traje oscuro y zapatos de tacón. La frialdad expresiva de su cara, esa piel de cera que jamás ha visto el sol, esos ojos suyos que brillan sin vida aparente bajo una capa acuosa de color indefinido, sólo acrecientan el interés de un personaje cargado de tensión erótica y creado en torno al mismo arquetipo de siempre: el investigador a cargo es un perdedor en asuntos amorosos.

Ella no es Miss Marple ni Jessica Fletcher, sino una profesional. Y vive, como Jane Tennison de Prime suspect, una vida de desastre a causa del trabajo. Está carente de lazos, y por eso es capaz de meter en su cama la primera noche a un miembro del cuerpo de policía de una ciudad a la que no pertenece y por eso puede no sentir el menor remordimiento al saber, pocas horas después de la batalla sexual, que ese compañero eventual ha sido asesinado, al parecer por motivos políticos. Stella Gibson, que ha venido de Scotland Yard en la lejana Londres, sólo tiene un objetivo: atrapar al criminar mata mujeres. Y en esa meta, el conflicto entre el Estado y los católicos nacionalistas o los problemas familiares de un pobre agente policial le importan un bledo.

The Fall no es perfecta: parece ir a ninguna parte, salvo a los asesinatos. Y si busca reflejar una ciudad agarrotada por la violencia callejera se queda un poco corta. Pero atrapa en su angustia oscura, oprime en sus luces pálidas. La lluvia, que no deja de caer, es la mejor compañera para limpiar, sin efecto posible, una situación en la que aparentemente todo se cae a pedazos: hay corrupción, hay suicidio, hay errores garrafales, hay prensa que pisa los talones, hay un cuerpo de policía incapaz de dar con el psicópata, incapaz de contener a los terroristas.

En términos narrativos, The Fall es un contrapunto. Muestra cómo ella articula su cacería siempre un paso atrás de él y cómo él, un asesino llamado Paul Spector y brillantemente interpretado por Jamie Dornan, urde la escapada –incluso dejándose ver en la comisaría– mientras quedan una estela de sangre y el temor latente: ¿será Stella Gibson una de sus víctimas? No quisiéramos que así fuera, sin duda. Porque Anderson está magistral, porque las heroínas no deben caer, porque los malos deben pagar, porque para qué. Pero sería posible, y ésa es la gracia de The Fall: no se sabe en realidad quién está detrás de quién, ni quién será el que se desmorone primero en la red de otro. Y lo que es peor: no está claro si alguna vez lo vayamos a saber.
The Fall, dos temporadas. En Netflix.

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