Psicosis, la joya de Hitchcock

La primera vez que vi “Psicosis” fue hace unos 15 años. Recuerdo que me preparé para verla con “ojos de los 60” pensando en que no me asustaría o sorprendería. Sin embargo, la película del maestro del suspenso Alfred Hitchcock, funciona incluso hasta nuestros días, llegando a tocar esa fibra emocional encargada de dominar lo que conocemos como miedo y terror.
 
Marion Crane (Janet Leigh) es una hermosa joven que trabaja en una oficina de venta de propiedades y tiene un novio con quien pretende casarse. Su jefe logra cerrar un importante negocio con un millonario de Phoenix, Arizona, por la venta de una propiedad de 40 mil dólares. Marion, quien ha tenido una conducta intachable durante los 10 años que lleva trabajando en la compañía, decide arrancar de la ciudad con el dinero.
 
Este es el inicio de Psicosis, la película que marca un antes y un después en la historia del cine. Estuvo nominada a cuatro premios Oscar, no obteniendo ningún galardón. Sir Alfred Hitchcock estuvo nominado, entre los años 1941 y 1961, a cinco premios de la Academia, sin lograr ninguno en vida; en 1967 recibió el Oscar honorífico “Premio en Memoria de Irving Thalberg”.
 
El primer plano de Marion mientras conduce por la carretera con el dinero robado es muy interesante ya que se van oyendo diálogos de lo que va ocurriendo en ese mismo instante en la ciudad, cuando ya es evidente que ella no se presentará a trabajar y la estafa es una realidad. Este comienzo de corte policial se ve abruptamente alterado mientras Crane, debido a la noche y a la lluvia, se desvía de la autopista y toma un camino paralelo, llegando al “Motel Bates”. Ahí conoce al dependiente y dueño, Norman Bates (Anthony Perkins), un tipo joven, apuesto y sonriente, que vive en la casa de la colina junto a su madre. Mientras comen y conversan, el espectador se enfrenta a la evidente mentalidad sicótica del protagonista, al dejar muy en claro que no tiene intención de dejar ese lugar en medio de la nada y que lo mejor que le puede pasar a un hombre, según él, es estar siempre al lado de su madre. Norman le asigna la cabaña contigua a la oficina, en donde a través de un agujero en la pared la espía mientras ella se prepara para darse un baño. Acto seguido, comienza una de las escenas más importantes de la historia del cine: “La escena de la ducha”. En ella, la madre de Bates avanza sigilosamente cuchillo alzado hacia Marion, a quien apuñala incontables veces, dándole muerte al instante.
 
Psicosis-Ducha
Esta era la primera vez en la historia del cine en que a la protagonista, o lo que la audiencia suponía era la protagonista, se le daba muerte a la mitad del filme. La sorpresa, miedo y pavor con el que reaccionaban los espectadores provocaba que mucha gente arrancara de las salas sin dar crédito a lo visto y oído. “La escena de la ducha” es acompañada por una de las melodías más escalofriantes que se han creado en bandas sonoras, logrando poner, literalmente, los pelos de punta.
 
Esta representativa escena se filmó en 7 días, utilizando más de 70 ángulos de cámara. Hitchcock quería que quedara perfecta. Las tomas y planos fueron cortos y se hicieron con un mayor acercamiento para dar la sensación de subjetividad, de hecho no hay un solo corte de piel en los 3 minutos de escena, solo el sonido de las estocadas, el agua, un poco de sangre, los gritos de Marion y los espeluznantes chirridos de violines y chelos de “The Murder” de Bernard Herrmann. Al ser la película en blanco y negro, el espectador logra captar que esas manchas oscuras y grisáceas que corren con el agua efectivamente son de la sangre que va emanando del cuerpo de Marion debido a las numerosas puñaladas que está recibiendo, lo que llega a hacerlo más traumático aún. La actriz Janet Leigh protagonizó los 7 días de filmación de la escena, y no utilizó dobles. El último plano es el más famoso, en el que el agujero de drenaje se funde con el ojo de Crane yaciendo en la baldosa blanca y fría del baño.
 

 
Desde este punto, la perspectiva de “Psicosis” cambia radicalmente. El foco ya no era el robo, todos los ojos querían descubrir y encontrar un rostro en esta madre que se muestra entre sombras y que acababa de cometer uno de los crímenes más increíbles nunca antes vistos. Sin embargo, Hitchcock se preocupa de mostrarnos un Norman prolijo, al cuidado devoto e irrestricto de su madre. Mientras tanto, la hermana y el novio de Marion contratan a un detective privado para que encuentre a su hermana. Detective que no tarda en dar con la pista correcta, pero que termina enfrentando a la muerte. Ya para el desenlace, la hermana y el novio de Marion logran llegar al Motel Bates para encontrar a Marion a quien se la creía secuestrada por el dinero que llevaba consigo. Mientras el novio distrae a Bates, la hermana entra a la casa y logra dar con el esqueleto de la madre de Norman en el sótano. En su sorpresa, la mujer levanta bruscamente un brazo y golpea una ampolleta colgante, por lo que nuestro querido director crea un momento claustrofóbico, tenso, donde la luz confunde y todo es más caótico y crudo con una mujer que no da crédito a lo que sus ojos ven.
 
Siempre me he imaginado a Hitchcock, en el día del estreno, sentado, bonachón, con las manazas cruzadas sobre su barriga, con una leve sonrisa en los labios tratando de ver la cara de horror y oír los gemidos y gritos de pánico de los espectadores al darse cuenta, primero, que la protagonista es asesinada en la mitad del filme y, segundo, que la madre estaba muerta, o mejor dicho, siempre lo estuvo. Era Norman quien cometía los asesinatos, el mismo que luego limpiaba las escenas de los crímenes, el que podía jugar con ambas voces para mantener una compleja discusión con su madre, o mejor dicho, consigo mismo. Toda la locura de la irrealidad en una sola persona, toda la psicopatía encarnada en un tipo de apariencia inofensiva. Y eso angustia más aún.
 
Si bien el epílogo entrega detalles de que son 6 las víctimas de Norman contando a su madre (sí, él mismo la mató años atrás cuando no se acostumbró a la idea de que ella comenzara un noviazgo quitándole el espacio el cual sentía que solo a él le pertenecía), para muchos fans, entre ellos yo, este remate es totalmente innecesario. La película se explica por sí misma. Quiero imaginar que Hitchcock quiso cerrarla en forma redonda, sin dejar dudas de nada y que todos la entendieran por igual.
 
“Psicosis” está basada en la novela homónima de Robert Bloch. Cuenta la historia que Hitchcock quedó tan enganchado del libro que mandó a comprar todas las ediciones de todas las librerías en Estados Unidos para que nadie más la leyera, ya que la transformaría en película y sabría que sería un éxito de taquilla (recomiendo ver la película “Hitchcock” (2012), protagonizada por Anthony Hopkins, que trata precisamente de cómo se filmó “Psicosis”).
 
La promoción que le dio Hitchcock a su master piece no estuvo exenta de polémica. Como la película tiene un quiebre de la historia a la mitad de la misma, obligó a no dejar entrar a nadie a las salas de cine una vez que la película ya había comenzado, práctica que a los dueños de las salas no les agradó. Famoso también es un pequeño documental que acompaña las ediciones de DVD y Blu-ray que trata de cómo Hitchcock preparaba a la audiencia para ver “Psicosis”, en donde, por ejemplo, se muestran los parlantes que estaban ubicados en la entrada de las salas de cine en los cuales se oía la voz del mismísimo director sugiriendo a la gente que al término de la función “no comente esos pequeños detallitos que tiene Psicosis” con sus amigos.
 
“Psicosis” tiene muchos ingredientes, Hitchcock utilizó tanta técnica de filmación en su obsesión con contar una historia perfecta, que el resultado es una obra maestra que como tal ha perdurado en el tiempo. Marcó un antes y un después al borrar al protagonista en mitad del filme, en saber contar una buena historia para que el espectador salte del asiento y sienta como el terror y el pavor se adueña de sus corazones. Un legado invaluable que solo el maestro del suspenso nos podía entregar.
 

 

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