No confíes en un amante del cine de terror

Confesar que eres amante del cine de terror no es gratuito. No será nunca, de hecho, una afición que se pueda compartir así, como si nada, sin generar al menos un poco de desconfianza en el otro. Amar el cine de terror resulta una rareza, confesarlo sin pudor, aún más. ¿Callarlo? una decisión inteligente. Primero porque es visto como un género menor, no artístico, nada de indie, mucho menos cool, por lo que confesar este gusto significa declarar que uno es, en el fondo, un nerd. Y no un nerd-hipster, sino uno de verdad: un nerd-freak. Primer punto en contra. ¿Segundo? Más allá del estigma de lo ñoño (al que podemos a la larga sobrevivir) aquel que confiesa ser un amante de este género da a conocer un lado oscuro, un lado B que es el verdadero causante de sospecha y que no tiene vuelta atrás. Si abrimos la boca estaríamos declarando abiertamente nuestro gusto por el miedo y el sufrimiento, lo cual es siempre un goce masoquista, al tiempo en que nos confesamos admiradores de mentes retorcidas, seguidores de hombres y mujeres siniestros, amantes de la desconfianza, de las situaciones morbosas, seres atrapados en la atracción fatal, al fin y al cabo, por el dolor y por la muerte.

Aquellos que nos llamamos amantes del cine de terror no somos dignos de confianza: amamos sufrir como lo hacen las víctimas, cerrando los ojos desde nuestras butacas, saltando de sorpresa o mordiéndonos las uñas en esa lenta caminata hacia el sótano de la casa embrujada. Sufrimos pero al mismo tiempo gozamos. Somos esas víctimas inocentes pero al mismo tiempo somos cómplices de los demonios, asesinos en series, psicópatas, muñecos diabólicos, niños poseídos o lo que sea que amenace la tranquilidad. Sufrimos como víctimas, jugamos a serlas, pero somos encubridores del victimario y en esa dualidad lo pasamos demasiado bien; culposos pero satisfechos. Culposos porque sentimos empatía con la víctima y satisfechos porque en el fondo de nuestro ser retorcido se nos ha saciado la sed de observar a quien en verdad queremos ser: el malo, el perverso, el cruel. No queremos que esa mujer baje al sótano pero sí, ¡sí queremos! Porque nos seduce la omnipotencia de la maldad, deseamos ese poder invencible del lado oscuro al que, sabemos, jamás podremos acceder. Porque somos demasiado nerd para eso.

No es un prejuicio, sospecha siempre del amante del cine de terror.

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