Bloodline: «No somos malas personas, pero hicimos algo malo”

8 Calificación
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En los Cayos de la Florida, un paraíso terrenal, los Rayburn son una familia reconocida, de reputación intachable. Tienen una suerte de hotel en el que Sally y Robert Rayburn (Sissy Spacek y Sam Shepard) han trabajado toda su vida, y ahí mismo criaron a sus cuatro hijos ya grandes: Danny, John, Kevin y Megan. Una familia cuyos miembros son exitosos en cada uno de los proyectos que emprenden -a excepción de Danny- y donde el fracaso no está permitido.
 
La historia parte con el relato del segundo hijo, John (Kyle Chandler), y con esta frase que marcará la pauta del resto de la serie: “No somos malas personas, pero hicimos algo malo”. En un principio todo marcha bien en la vida de los Rayburn, su negocio está en un constante crecimiento y tienen una unión familiar que parece inquebrantable.  Hasta que llega la celebración del 45° aniversario de los padres Rayburn y es una buena ocasión para reunir a los miembros de la familia y sus amigos. ¿Qué podría salir mal? TODO. En principio las cosas parecen ir bien hasta que Danny (Ben Mendelsohn) la «oveja negra» vuelve para reencontrarse con su familia para la celebración, trayendo como consecuencia que el oscuro pasado y presente de cada miembro de los Rayburn salga a flote.
 
Desde que Danny pone un pie en Florida se sienten los roces y se tensa el ambiente. Es que nada acerca de Danny parecer ser bueno. John, el protagonista, tratará de ser el conciliador mientras ve cómo la dinámica familiar cambiará para convertirse en un verdadero infierno, y junto a sus dos hermanos Meg y Kevin (Linda Cardellini y Norbert Leo Butz) deberán tomar decisiones que les cambiarán la vida por completo.
 
Sí hay algo que siempre he destacado de Netflix es que sabe cómo captar tu atención desde la intro de sus series y Bloodline no es la excepción. Se refleja perfectamente la trama: un paraíso perfecto que pasa de sol a tormenta y oscuridad. Con actuaciones que son increíbles hasta un guión que sabe perfectamente cómo llevarte de la compasión al odio, y viceversa.

Quizás algunos puedan cuestionar que este drama/thriller en ocasiones sea un poco lento, pero ese es el ritmo intencional que irá dando de a poco claves para que el espectador vaya sacando sus conclusiones y pueda conocer a cada personaje y entender el porqué de sus decisiones. Este ritmo le va perfecto a Bloodline en Netflix, donde cada espectador decide si se devora la temporada en una maratón o si prefiere ir digiriéndola de a poco. La serie consta de 13 adictivos capítulos, tanto por sus actuaciones, dirección, fotografía y música, que hacen que valga la pena de principio a fin. Y es que además ninguna familia es perfecta y no hay que dejarse engañar por la perfección de los Rayburn.
Tengo que mencionar también el guión y sus directores, que arman un puzzle, jugando continuamente con la línea temporal de la narración, alterando presente y pasado conforme avanzan los capítulos, dando a entender que ni una terapia podrá salvar a esta familia.
 
Ya hacia la recta final, la serie toma un giro más rápido y nos lleva a un  desenlace completamente soberbio y oscuro, sin decepcionar en ningún momento, preparándonos para una segunda temporada que se estrenará el próximo 27 de mayo. Esta contará con el reparto original confirmado (algunos en flashbacks) y también con caras nuevas que forman parte del pasado de Danny, como lo son John Leguizamo, Andrea Riseborough y Owen Teague a quién conocemos en el final de la primera temporada. Esta segunda promete retomar los hechos de su antecesora y de meter a los hermanos Rayburn en muchos más problemas. Y es que Netflix definitivamente lo vuelve a lograr con esta propuesta que no ha generado tanto ruido como otras pero que ha sido alabada por la crítica ganándose su respeto y el de unos cuantos fans.
 

 

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