American Horror Story: Coven o el aquelarre de las brujas neuróticas

Poster de la serie de terror American Horror Story Coven

Coven Queridos tituladores profesionales de American Horror Story: más allá del autobombo ese de “Historia de horror americana”, ya sabemos de sobra que Estados Unidos no es América, aunque como agradecimiento y solo por esta vez lo vamos a dejar pasar.
 
En un mundo donde cada vez cuesta más esquivar el obstáculo del poco rating y la cancelación, esta serie gringa estrenada en 2011 por el canal FX va a paso firme. A juzgar por su éxito y las flamantes 8.5 estrellitas en IMDB, sus actores retornables encarnados en varios personajes y sus morbosas escenas siguen cautivando al público. Cómo no, si la temporada de inauguración trató sobre todo eso que uno espera del terror en la pantalla: una casa embrujada y crujiente, fantasmas en el sótano, sangre explícita a lo Tarantino, un embarazo literalmente del demonio, y el ingrediente infalible, una vieja mala y egoísta (Jessica Lange). Para qué hablar de la segunda temporada, con la misma veterana ingrata pero ahora en forma de directora de un manicomio —en todo caso mucho más terrible y con menos carcajadas que el de Nicholson en One Flew Over the Cuckoo’s Nest— en donde las enfermeras son sexies y están poseídas, los terapeutas son reprimidos criminales nazi y los locos están presos en celdas malolientes porque su sistema de salud no vio nada mejor que encerrarlos en un sanatorio para volverlos todavía más locos a punta de trabajos forzados y electroshocks.
 
La tercera temporada se estrenó en octubre del año pasado con una trama cliché detrás, algo que ya es casi un recurso en este caso pero que por lo mismo llama la atención a la hora de agarrar las cabritas y prender la tele. En esta ocasión el lugar es una Academia de Brujas, y las protagonistas hechiceras en un aquelarre en donde las que tienen experiencia (de nuevo la señora malvada interpretada por Jessica Lange, más su hija) enseñan a las brujitas aprendices a controlar sus poderes y a defenderse de la magia negra de Marie Laveau (Angela Bassett), en una guerra santa que se extiende desde los tiempos de Salem, cuando las que conducían escobas por los cielos eran estacadas y quemadas frente a los ojos del pueblo.
 
Pero aquí no hay escobas ni varitas mágicas ni mucho menos tiernos encantamientos en latín como los de Hermione a su amigo Harry Potter, sino que jóvenes mujeres con aptitudes tan raras como la de tener sexo y asesinar al amante a convulsiones, escuchar lo que está en la cabeza de los demás, adivinar el futuro, enterrarse cuchillos en la yugular para hacerlas de muñeco vudú o prender fuego con el pensamiento a la blanca cortina de la bisabuela. Todas alumnas acompañadas por la envidiosa bruja Superior (adivinen quién) que se resiste a envejecer, y Madame Lalaurie (Kathy Bates), famosa torturadora de esclavos negros en el New Orleans del siglo diecinueve, exhumada y resucitada para volverse criada e impenitente suche, vengativa paradoja de la vida.
 
Coven acaba de terminar su temporada y todo indica que se viene una cuarta. Por ahora, los fanáticos del terror express nos quedamos con estos capítulos de cincuenta minutos, llenos de escenas con gritos y sangre por la boca que ya han pasado una y mil veces por la pantalla pero que aun así siguen divirtiéndonos. Al final, en este género que trae saltos del asiento y risitas nerviosas en la oscuridad, la gracia está mucho más en las imágenes súbitas y en el estilo de la historia —“americana”, siempre americana— que en los elementos para contarla.
 

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